Theodor Mommsen

THEODOR MOMMSEN
THEODOR MOMMSEN
(1817-1903)

Poco tiempo después de que la UNESCO y otras instituciones culturales de proyección internacional hayan conmemorado el centenario de la muerte de Theodor Mommsen, desde este observatorio se ofrece la posibilidad de remontarnos al convulso siglo XIX y recrear la semblanza de este inmenso jurista, historiador, político, filósofo, filólogo y epigrafista.

La formación de un amante de Roma. Aunque su nombre viaje por la Historia indisociablemente unido al de Roma, lo cierto es que Christian Matthias Theodor Mommsen nació el 30 de noviembre de 1817 en Garding, una pequeña localidad de la región de Schleswig-Holstein por entonces enclavada entre las fronteras de la Corona de Dinamarca. Cuando el pastor protestante Jens Mommsen y su mujer Sophie Krumbhaar saludaron humildemente la llegada al mundo de su hijo Theodor, difícilmente pudieron imaginar que con el tiempo se convertiría en el patriarca de la historiografía antigua, que llegaría a rivalizar políticamente con el mismísimo Otto von Bismarck o que se convertiría en el único historiador junto a sir Winston Churcill en ser reconocido con un Premio Nobel de Literatura.

La vocación de Mommsen se comenzó a despertar en el Instituto (Gymnasium Christianeum) de Altona -cerca de Hamburgo- y se orientó decisivamente con sus estudios de Derecho en Kiel (1838-1843). La práctica equiparación del estudio del Derecho con las fuentes romanas en aquella época forjó en Mommsen la convicción de que el conocimiento de la ciencia jurídica no podría cultivarse sin acercarse a la Historia. Esa firme inquietud fue alimentada no sólo por sus profesores, sino de modo preferente por la lectura de los trabajos de uno de los impulsores de la Escuela Histórica: Friedrich Karl von Savigny.

Las intuiciones de Mommsen durante sus estudios universitarios le condujeron a “palpar” la Antigüedad tras abandonar las aulas. Una beca le brindó la posibilidad de tomar contacto durante tres años (1844-1847) con Roma, esa civilización que tanta influencia seguía desplegando siglos después en la cultura occidental. De ese modo pudo Mommsen instruirse y colocar los cimientos para el colosal proyecto que posteriormente acometería: editar las inscripciones latinas conservadas en piedra, metal u otros materiales, tras examinarlas una a una, de acuerdo con los principios de la metodología filológica y epigráfica. Esa magna empresa, además de obligar a Mommsen a “vivir” en el Instituto Arqueológico de Roma, le generaría un completo conocimiento de la cultura antigua, inédito para cualquiera de sus contemporáneos.

Profesor e investigador en una Alemania en ciernes. La vuelta de Mommsen tras su actividad investigadora coincidió con el estallido revolucionario de 1848, que en la entonces Confederación Germánica desembocó en la reunión del primer Parlamento alemán en Franckfurt. La agitación social y política llevó a Mommsen a ejercer durante unos meses como corresponsal en Rendsburg; sin embargo, ese mismo año obtuvo una plaza docente como profesor de Derecho Romano en la Universidad de Leipzig.

Los desencuentros políticos de Mommsen con las autoridades teutonas no tardaron, no obstante, en infligirle su primer sinsabor profesional y, en 1851, Theodor se veía desposeído de su cargo universitario. No tardaría sin embargo en llamar a su puerta la Universidad de Zurich (1852) y, dos años después, la de Breslau, donde ganó una cátedra de Derecho Romano. Ese año 1854 suceden dos hechos importantes para la vida de Mommsen: contrae matrimonio con Marie Auguste Reimar e ingresa en la Academia de las Ciencias de Berlín. El primer hecho resultó especialmente fructífero pues constituyó el germen de 16 hijos; el segundo tampoco fue desdeñable, pues esa Academia aceptó financiar el anunciado proyecto de editar todas las inscripciones latinas del Imperio Romano (Corpus Inscriptionum Latinarum).

Su compromiso, energía y pasión por el trabajo le decidieron a trasladarse a la Universidad de Berlín en 1861, donde llegaría a ser rector. Desde esa capital germana, auspiciado por la Academia de las Ciencias, pudo acometer con éxito amplios proyectos colectivos.

El animal politicum. Los profundos conocimientos y convicciones que Mommsen manejó sobre la cultura antigua no le permitieron evadirse de la situación política que atravesaba una Alemania en pleno tránsito histórico. El revolucionario período comprendido entre el Congreso de Viena (1815) y la culminación de la unificación de Alemania (1870) coincidió con el cénit de este pensador insobornable. Desde su cualificada posición como diputado del Parlamento prusiano y secretario vitalicio de la Academia de las Ciencias, Mommsen siguió muy de cerca las guerras que condujeron a Bismarck a la unificación del Imperio alemán: contra Dinamarca (1864), en la que Alemania anexionó la región natal de Mommsen; frente a Austria y sus aliados (1866); y la resonante contra Francia (1870), que perdió Alsacia y Lorena.

A pesar del gran desarrollo que conoció la unificada Alemania durante los inicios del Segundo Reich, los sistemas bismarkianos pronto comenzaron a provocar la reacción de Mommsen. La política social y el antisemitismo abrieron un abismo entre el Canciller de Hierro y Mommsen. Esa rivalidad incluso desembocó en una acción penal por injurias promovida por el propio Bismarck frente a Theodor (de la que salió absuelto Mommsen).

La confrontación entre esos dos “colosos” iba mucho más allá, como se puede comprender, de meras rencillas personales. Subyacían, efectivamente, concepciones antagónicas del modo de entender la organización social. Mientras por Europa corrían las ideas de pensadores que colocaban en un lugar preferente las estructuras sociales, Mommsen, como buen romanista, mantuvo siempre su preferencia por el modelo de ciudadanía de la Antigüedad. De este modo se expresó Mommsen en su célebre testamento: “Yo he sido siempre un animal politicum y quise ser un ciudadano, lo cual no es posible en nuestra nación, en la que cada individuo, incluso el mejor, no logra salir de estar al servicio de las estructuras y del fetichismo político”.

Historia de Roma. Sin perjuicio de su activismo en las diferentes ramas del saber apuntadas, la perennidad de su magna obra se la debe Mommsen a su Historia de Roma. Con permiso del comentado Corpus Inscriptionum Latinarum o de otras obras de incalculable valor jurídico como la editio maior del Digesto o su edición del Codex Theodosianus, la Historia de Roma de Mommsen ha llegado a nuestros días como una de las obras cumbres de la historiografía. Cuando en 1856 fueron publicados por primera vez los tres primeros volúmenes, la crítica se rindió ante el estilo moderno y fluido, la fuerza literaria de sus descripciones y la naturaleza polémica de muchos de los juicios emitidos sobre las figuras políticas de la época. En sus páginas Mommsen abordaba los diferentes períodos de la historia de Roma, desde la unión de los pueblos itálicos y la dominación sobre el mundo conocido hasta el fin de la República.

En 1885 apareció el quinto volumen (el cuarto nunca se publicó). La narración de los golpes de Estado y las revoluciones que terminaron con la dictadura de Sila daban paso al ascenso de Pompeyo y las campañas militares en Oriente. Las páginas dedicadas a la hegemonía de César y sus conquistas, además de expresar la admiración de Mommsen hacia esa figura, se cuentan entre las más brillantes de esta monumental obra.

Poco antes de morir, como se apuntaba, el inimitable estilo vibrante y apasionado de Mommsen se veía reconocido con el Premio Nobel de Literatura (1902). Atrás quedaba un acervo de magnos trabajos que le habían propiciado otros reconocimientos, como la Medal pour le mérite o su nombramiento como Ciudadano Honorífico de Roma. Dos de sus nietos, Hans y Wolfgang, cultivan actualmente la especial sensibilidad de su abuelo por una Historia que todavía vertebra el Derecho de nuestros días.