Owen Dixon
Tras recrear las semblanzas de algunos de los grandes de Europa, América y Asia en los nueve anteriores números, emprenderemos en esta ocasión un largo viaje hasta las antípodas. Aprovecharemos esta oportunidad para visitar el más pequeño de los continentes y dedicar el décimo homenaje a un australiano universal: Sir Owen Dixon. La claridad de su pensamiento y su capacidad argumentativa le garantizaron durante treinta y tres años un sillón en el Tribunal Supremo (High Court) de su país. Su labor no pasó desapercibida para el mundo occidental: Lord Denning escribiría en 1.994 que Dixon fue “el más grande Chief Justice que nunca ha tenido Australia”; las palabras de Lord Morton de Henryton dejan entrever de igual modo la inmensidad de la figura ante la que nos encontramos: “Dixon fue uno de los más grandes jueces de todos los tiempos”.
Una vocación tardía. Owen Dixon nació el 28 de abril de 1886 en Hawthorn, una localidad a ocho kilómetros de Melbourne, en el seno de un matrimonio acomodado. Aunque no reveló de forma definida su vocación hasta una avanzada juventud, Dixon siguió los pasos de su padre, Joseph W. Dixon, un notable barrister que vio truncada su carrera profesional a causa de una pérdida de audición en un accidente ferroviario.
El joven Owen era un tipo de aspecto distante y reservado. La enseñanza secundaria la cursó en el Hawthorne College entre 1895 a 1903. En la Universidad, su gusto por el griego y el latín le llevó a titularse en Letras (1906). Ese mismo año, sin un interés muy claro por la ciencia jurídica, inició sus estudios de Derecho. Esa decisión hubo de superar las reticencias de uno de sus profesores de latín y griego, que le advirtió de que “Usted encontrará todo eso muy medieval”. Afortunadamente esos agoreros presagios no calaron en Dixon, que pronto comenzó a canalizar todas sus inquietudes hacia sus nuevos estudios. Muy probablemente el despertar de su predilección por el mundo del Derecho se debiera al buen hacer de su maestro Harrison More, que supo inculcar en el titubeante Owen su interés por el estudio del derecho australiano desde una perspectiva comparada con el inglés y el norteamericano.
Abogado antes que juez. Finalizada su carrera de Derecho (1908) y sus estudios de postgrado (1909), Owen Dixon decidió emprender la aventura del ejercicio profesional. Cuando apenas contaba un año como barrister, informó ya por primera vez ante el Tribunal Supremo. Difícilmente pudo imaginar entonces Dixon que con el tiempo se convertiría en el Presidente de la Sala y que conduciría a la institución a su época más dorada.
Los dieciséis años de abogacía de Dixon le permitieron desarrollar su acervo de recursos forenses, le reconfortaron con un influyente prestigio y le brindaron la oportunidad de tomar contacto con relevantes figuras de la Australia contemporánea. Recordadas son las caminatas por el campo que con su círculo de amigos organizada Dixon. De esos encuentros surgiría una singularmente fértil amistad con John Latham y Robert G. Menzies. El primero, desde su cartera de Justicia, le eligió para ser nombrado Magistrado del Tribunal Supremo; el segundo, alumno aventajado de Dixon, le designaría con el tiempo Presidente del Tribunal Supremo desde su cargo de Primer Ministro en el gobierno australiano.
La carrera judicial: legalismo estricto. Dixon celebró su cuarenta cumpleaños con un nuevo rumbo en su trayectoria profesional. Su amplia erudición, su honradez intelectual y un labrado reconocimiento social le catapultaron hasta el Tribunal Superior de Justicia (Supreme Court) del Estado australiano de Victoria en 1926.
Su prosa enérgica y contundente en una exquisita aplicación del Derecho evidenció que la permanencia de Dixon en esta instancia enseguida dejaría paso a cotas aún más elevadas. De este modo, tres años más tarde, Owen Dixon fue propuesto para ocupar uno de los siete puestos que componían el Tribunal Supremo australiano.
Desde la más alta instancia judicial, Dixon desarrolló su amplio pensamiento jurídico, que ha sido legado a las posteriores generaciones fundamentalmente a través de sus sentencias. Su avidez argumentativa le condujo a elaborar resoluciones asignadas a otros ponentes e, incluso, a redactar votos particulares de algunos de sus compañeros que se oponían al criterio mayoritario adoptado por la Sala.
El motor de la labor interpretativa e integradora del common law que movió los razonamientos de Dixon fue un “legalismo estricto y completo”. La única forma de mantener la confianza de los ciudadanos en la jurisdicción era, en palabras de Dixon, una estricta adhesión al razonamiento legal: “Podría decirse que un tribunal es excesivamente legalista. Yo lamentaría que fuera cualquier otra cosa que no fuese legalista. No existe mejor salvaguarda para las decisiones judiciales en los grandes conflictos que una aplicación total y rigurosa de la ley”. Ésa fue la ortodoxia que Dixon imprimió a su labor judicial. Se trataba, en suma, de evitar cualquier interpretación que pudiese menoscabar la certidumbre en el poder judicial y de garantizar la imparcialidad de la judicatura, especialmente en cuestiones políticamente controvertidas.
Tras un breve paréntesis en su actividad en el Alto Tribunal, Dixon acometió con fuerza su reaparición en la escena judicial. Contaba ya sesenta y seis años, pero su claridad de pensamiento y expresión todavía tenía que sentar las bases de la más fecunda High Court que ha conocido Australia. En 1952 Dixon juró el cargo de Presidente del Tribunal Supremo (Chief Justice). El nombramiento fue impulsado por su alumno, amigo y Primer Ministro Rober G. Menzies; sucedía en tan loable encomienda a su también compañero de caminatas John Latham.
Bajo la dirección de Dixon el Tribunal Supremo australiano acrecentó su prestigio internacional. Ese buen nombre que con especial admiración supo reconocer el mundo anglosajón fue deudor tanto de la calidad de los juicios de Owen Dixon como de la erudición de los colegas que le arroparon en la Alta Instancia. Pocas generaciones recodarán la coincidencia en un órgano judicial de mentes jurídicas tan brillantes como las de Fullagar, Windeyer, Kitto y el propio Dixon.
Los doce años que Owen Dixon actuó como Chief Justice fructificaron a través de la doctrina que, especialmente sobre cuestiones constitucionales y fiscales, encerró la jurisprudencia recaída en algunos de los asuntos de mayor enjundia. Los casos de Dennis Hotels vs. Victoria (1960) y Cecil Bros vs. FCT (1963) fueron algunos de los que dieron pie a que Dixon interpretase magistralmente algunas libertades constitucionales y sentase las bases del derecho fiscal australiano. Sin embargo, lo más significativo de la Era Dixon al frente del Tribunal Supremo fue el distanciamiento definitivo de las decisiones de la Cámara de los Lores británica. Hasta el caso Parker vs. R. (1963) Australia había conservado el cordón umbilical que le supeditaba judicialmente al Privy Council inglés. La prudente pero firme secesión jurídica promovida por Dixon fue acogida cálidamente por la judicatura australiana y se mantendría de forma permanente sin solución de continuidad.
Diplomático en tiempos de guerra. El estallido de la Segunda Guerra Mundial marcó el paréntesis que se ha reseñado en la vida judicial de Sir Owen Dixon. Su amigo Robert G. Menzies, que había sido elegido Primer Ministro pocos meses antes de la invasión de Polonia que precipitó el conflicto, solicitó una colaboración que Dixon no eludió. Entre finales de 1939 y 1941 Owen Dixon prestó sus servicios al ejecutivo australiano en lo que él llamó “el aspecto civil de la guerra”. Dirigió en este período el Central Wool Committee, el Australian Shipping Control Board, el Marine War Risks Insurance Board, el Marine Salvage Board y el Allied Consultative Shipping Council.
La decidida entrada de los Estados Unidos en la contienda tras el ataque japonés a la flota anclada en Pearl Harbor obligó a Australia a adoptar una postura más activa en apoyo de los aliados. Fue entonces cuando Owen Dixon fue enviado como embajador a Washington. El nuevo mandato no era empresa fácil y Dixon hubo de poner en juego todo ese “talento en acción” con el que años antes había definido la práctica forense. Las principales tiranteces diplomáticas surgieron porque Roosevelt y Churchill exigían una completa implicación de los ejércitos australianos. Sin embargo, los líderes locales, tras la invasión nipona de Indochina, Hong Kong, Singapur y Filipinas, sentían muy próxima la amenaza japonesa y se resistían a enviar extramuros a las fuerzas que podrían ser necesarias para combatir una invasión del país. La habilidad negociadora de Dixon resultó esencial para conciliar los intereses en liza y permitió la salida de Australia del conflicto con sus relaciones internacionales intactas, especialmente tras servir de base al general Mc Arthur para preparar la contraofensiva frente a Japón en octubre de 1944.
De vuelta al Tribunal Supremo, todavía tendría Dixon ocasión de participar como mediador en otras disputas. En 1950 fue designado por las Naciones Unidas para buscar una solución al conflicto transfronterizo surgido por India y Pakistán en torno a la región de Cachemira. La pervivencia actual de ese foco de conflicto revela tanto la dificultad de la encomienda como la falta de éxito de su labor; sin embargo, los diez meses durante los que se entrevistó con los mandatarios de ambas naciones fueron altamente valorados.
Reconocimiento internacional. La trayectoria de Owen Dixon mereció significativas distinciones incluso mientras el Justice se mantuvo en activo. Inglaterra le nombró Caballero Comandante de la muy distinguida Orden de San Miguel y San Jorge (1941), Caballero de la Gran Cruz de dicha Orden (1954) y, en 1963, se convirtió en el primer jurista en ser condecorado por la reina Isabel II con la Orden del Mérito. No faltaron tampoco los reconocimientos académicos, que incluyeron doctoraros honoríficos en las Universidades de Harvard y Oxford y el prestigioso Harland Prize de Yale en 1955.
Tras su jubilación en 1864, Sir Owen Dixon todavía tendría unos años para disfrutar de su mujer y sus cuatro hijos. Comenzaba el ocaso de la vida de uno de los mejores jueces del common law. Tocaba a su fin una vida digna de haber sido vivida.