Álvaro d’Ors
D. Álvaro d’Ors fue, sencillamente, un maestro, un universitario en el sentido más enraizado y originario de la universitas. Su pensamiento era tan amplio y riguroso como su afán por la verdad en muy diversos ámbitos del saber.
El pasado uno de febrero nos sorprendía la noticia del fallecimiento en la Clínica Universitaria de Pamplona de D. Álvaro d’Ors Pérez-Peix, uno de los más prolíficos pensadores de la España moderna y uno de los grandes maestros en el estudio contemporáneo del Derecho Romano.
Un joven inquieto y autodidacta. Nacido en Barcelona el 14 de abril de 1.915, sin duda los primeros años de vida de Álvaro respondieron casi científicamente a la mezcolanza de rasgos genéticos con que había sido alumbrado. La inquietud y brillantez intelectual de su padre, Eugenio d’Ors, unidas a las cualidades artísticas y de falta de convencionalismos de su madre, la escultora María Pérez-Peix, constituyeron los cimientos desde los que un joven Álvaro comenzó a forjar su carácter.
En su más tierna infancia, Álvaro d’Ors detestaba ir al colegio. A pesar de los esfuerzos de sus padres, el tercer hijo de D. Eugenio planteó una resistencia numantina contra su escolarización. Álvaro prefería, una vez que su madre le enseñó a leer en unas pocas horas con seis años, bucear en la voluminosa biblioteca familiar. Entre libros de todas las ramas del saber, d’Ors se sintió especialmente atraído por la formación en idiomas (aprendió en poco tiempo catalán, inglés y francés), la cartografía y las colecciones de insectos.
No fue hasta que hubo cumplido ocho años cuando Álvaro, ya residiendo en Madrid -por causa de las disputas políticas e intelectuales de su padre con la Instrucción Pública de la Mancomunidad de Calatuña-, ingresó en la Preparatoria del Instituto Escuela, donde compartió pupitre con los hijos de otros grandes intelectuales de la época (Ortega Spottorno, Pérez de Ayala). Pronto superó su aversión a las aulas y, lejos de sentir atrapada su avidez por el saber, supo adaptar sus inquietudes con las posibilidades que ponía a su alcance la enseñanza reglada.
Del Museo Británico a la cátedra de Derecho Romano. Cuando todavía era un adolescente, Álvaro d’Orsa comenzó a perfilar el ámbito de su posterior dedicación profesional. Como él mismo contaba, su estancia en Londres en el verano de 1.931 despertó su vocación por el mundo clásico. Perfeccionar su inglés era una tarea que no le resultó incompatible con sus diarias visitas al Museo Británico. La areté y armonía de las formas clásicas provocaron en d’Ors un incontrolable deseo de profundizar en el conocimiento de las culturas griega y romana, detrás de las cuales Álvaro, de dieciséis años, ya percibió que se encontraba una profunda filosofía que alcanzaba a todos los ámbitos de la vida. Según confesaba, a la vuelta de Londres -en su último curso de bachillerato- tan sólo estudió griego y latín.
Su creciente gusto por lo clásico desembocó durante sus estudios en la Universidad Central en su pasión por el Derecho romano. Quizás la agitación y la incertidumbre política de aquella época pudieron reforzar su convencimiento por una ansiada armonía, muy lejana de una sociedad a las puertas de un estallido bélico fratricida.
Guiado por los consejos de Ursicino Álvarez y José Castillejo durante su periplo universitario, tras la Guerra Civil se trasladó a Roma para ampliar sus estudios romanistas bajo la supervisión del italiano Emilio Albertario. Allí, en poco más de un año, preparó la mayor parte de su tesis doctoral sobre la Constitutio Antoniniana, que fue leía en Madrid en 1.941 y que mereció el reconocimiento del Premio Extraordinario de Doctorado.
En 1.943 el doctor d’Ors se dio a conocer sin solución de continuidad en los círculos romanistas. Sus Presupuestos críticos para el estudio del Derecho Romano certificaron la clarividencia de su pensamiento y la limpieza de su estilo, constituyendo, además, uno de los más sólidos referentes de los estudios romanistas de la postguerra. En diciembre de ese mismo año, Álvaro d’Ors ganó por oposición la cátedra de Derecho Romano de Granada.
Un humanista entre Santiago de Compostela y Pamplona. Al año siguiente de ganar la cátedra, d’Ors se trasladó a la Universidad de Santiago. En la capital gallega conoció a Palmira Lois, con la que contraería matrimonio al año siguiente. Desde su cátedra santiaguesa, donde también impartió clases de Derecho civil e Historia del Derecho, se desplazó regularmente a impartir a Coimbra, donde ejerció también su magisterio. Su relación con la Universidad lusa, al igual que con la de Toulouse y Roma-La Sapienza culminaron son su doctorado honoris causa por estas tres Universidades.
La pasión por la verdad que gobernó el saber de Álvaro d’Ors le llevó a no conformarse con su virtuosismo en la ciencia del Derecho romano. Durante sus años de docencia compatibilizó su labor con la que ejerció en el Instituto Nebrija de Estudios Clásicos y como director en el Istituto Giuridico Spagnolo, donde formó a tantas generaciones de grandes juristas. Además, se dedicó con especial interés a la papirología y la epigrafía, que aunaban su vocación por la verdad y su gusto por lo clásico. En el campo de la filosofía política, d’Ors dirigió sus críticas contra algunas de las tendencias del pensamiento contemporáneo. Una de sus principales aportaciones a este ámbito fue su teoría, cimentada en su profundo conocimiento de las instituciones romanas, de la distinción entre auctoritas (saber socialmente reconocido) y potestas (poder socialmente reconocido). Tras ellas se ocultaba una gran admiración por la auctoritas de los juristas clásicos, que trasladó, mutatis mutandi, a su pensamiento filosófico.
Su gran formación humanista le llevó también a ser miembro del Instituto Arqueológico alemán, la Sociedad de Estudios Romanos, la Real Academia Gallega, la Academia de Legislación de Toulouse, la Academia Portuguesa de Historia, el Instituto Lombardo de Milán, la Société d’Histoire du Droit de París y la Sociedad Argentina de Derecho Romano.
En 1.961 D. Álvaro se incorporó a la recién creada Universidad de Navarra. Allí, trabajando muy de cerca con su fundador, compaginó su labor docente con la organización de las nuevas bibliotecas universitarias y su incesante investigación en los campos del derecho romano y la filosofía social. Muchas generaciones de estudiantes pudieron gozar en Pamplona del privilegio de sus clases magistrales, que no se conformaban con impartir ciencia jurídica sino que se afanaban en lograr una formación íntegra.
Su labor investigadora de categoría internacional, su prosa sin retóricas preciosistas, su firme interés por la formación de sus alumnos y sus aportaciones al Derecho romano le supusieron numerosos reconocimientos oficiales: el Premio Nacional de Literatura (1.954, por su obra De la guerra y de la paz), el Premio Nacional de Investigación (1.972), la Cruz de Alfonso X el Sabio al mérito docente (1.974), la Medalla de Oro de la Universidad de Navarra (1.990), el Premio de Humanidades y Ciencias Sociales de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza (1.996), la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort (1.998) y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (1.999).
El pasado día uno de febrero de dos mil cuatro falleció D. Álvaro d’Ors, arropado por el cariño de sus once hijos. Los que bien le conocían aseguran que, a sus ochenta y ocho años, no pudo sobreponerse a su último reto, superar la pérdida de su mujer Palmira hacía escasamente un año. El Derecho Romano, uno de los tres pilares de la cultura occidental junto a la filosofía griega y la religión cristiana -como el propio d’Ors afirmaba-, lamenta la pérdida de uno de sus principales estudiosos durante el siglo XX.