Robert Schuman
Robert Schuman es considerado, junto con Jean Monnet, Konrad Adenauer o Alcide de Gasperi, uno de los padres de Europa. Este hombre de leyes, que ejerció la abogacía antes de descubrir su vocación política, pertenece a esa generación de dirigentes que nacieron en una Europa exaltada por los nacionalismos, sostenida por un equilibrio frágil e inestable, que más adelante padecerían en persona los horrores de las dos guerras mundiales.
La experiencia de este sufrimiento y la convicción profunda de que Europa debía ser hermana y no enemiga, que debía unir fuerzas y no destruirse a sí misma, les llevaron a luchar para conseguir una unión, económica pero también política y de valores comunes, entre los pueblos europeos. Muchas veces antes se había intentado lograr una unión paneuropea; la grandeza y el logro de estos hombres, en particular de Schuman, fue no sólo ser capaces de “soñar” Europa, sino también de hacerla salir del mundo de las ideas y convertirla en una realidad política sin precedentes.
El “hombre entre fronteras”: cabeza alemana y corazón francés. ¿Cómo se forja un hombre que entiende y que es capaz de ayudar a construir de una manera tan plástica, tan sencilla pero a la vez tan original, el germen de la Unión Europea? Para responder a esta pregunta es necesario rastrear en la biografía más temprana de Schuman. Jean-Baptiste Nicolas Robert Schuman nació el 29 de junio de 1886 en Clausen -una pequeña localidad situada al sur de la ciudad de Luxemburgo-, de madre luxemburguesa y padre lorenés, y por tanto alemán, aunque de tradición familiar francófona. Su idioma materno fue un dialecto alemán con influencias del francés y del luxemburgués, al que añadió tempranamente y con naturalidad el francés y el alemán. Nacer en el corazón de Europa, responder con exactitud a la definición de “hombre entre fronteras”, llamar hogar a un punto de la geografía en la que los contornos de los Estados y con ellos las nacionalidades de sus habitantes cambian en el transcurso de décadas, ayuda sin duda a concebir y anhelar de forma más intuitiva la idea de una Europa unida.
Schuman se familiarizó desde pequeño con las culturas francesa y alemana. Obtuvo desde su nacimiento la nacionalidad alemana, aunque siempre se sintió francés, y pasó a serlo de iure cuando Lorena se anexionó a Francia en 1918. Eligió Alemania para cursar sus estudios universitarios y sirvió en la I Guerra Mundial en el ejército alemán. Pero también fue perseguido por la Gestapo durante la II Guerra Mundial y desarrolló toda su carrera política en Francia. Tenía cabeza alemana y corazón francés. Esta dicotomía le granjeó no pocas enemistades y recelos entre nacionales de uno y otro país. Schuman solventó el problema de su identidad patriótica por superación, entendiendo -y dedicando su vida a hacer entender- que si él podía considerar hermanos tanto a alemanes como a franceses era porque hay entre ellos más puntos en común o más intereses compartidos que elementos de desunión. De su experiencia vital, alimentada por el intercambio de ideas con sus contemporáneos, surgió en la mente privilegiada de este hombre la convicción de que era posible la solidaridad real entre los pueblos, de que las fronteras no son alambradas llenas de espinos o que, por lo menos, no marcan una barrera, sino una puerta abierta a lo diferente, al intercambio económico y cultural fecundo. Esta idea, aplicada a Europa, supuso el germen de su visión de una Europa federal, cooperativa, que no se mire entre sí con ojos oblicuos, sino que trabaje unida, respetando las particularidades nacionales.
Formación humana y jurídica. El joven Robert cursó sus estudios de primaria en una escuela dirigida por religiosas francesas y estudió el bachillerato en el Ateneo de Luxemburgo. Por influencia de su madre fue iniciado desde muy pequeño en la lectura y a lo largo de su vida demostró un amor profundo por los libros, llegando a tener una extensa biblioteca, de más de 4.000 ejemplares, entre los que se contaban valiosas ediciones de libros clásicos. Fue siempre un buen estudiante, llegando incluso a terminar antes sus estudios por cursar dos años en uno. A los 17 años, huérfano ya de padre, se encontró ante la disyuntiva de elegir su porvenir y se decidió por el Derecho, que casaba bien con su gusto por el estudio de la cultura clásica y con la inclinación de su inteligencia, a la vez especulativa y práctica. Así, en agosto de 1903 se trasladó a Metz, localidad situada en Lorena, con el fin de prepararse para ingresar en una universidad alemana. La opción por esta región se entendía por la influencia cultural de su familia paterna. Ahí pasaría gran parte de su vida y llegaría a ser elegido diputado por esta circunscripción a la Asamblea Francesa; ahí sería siempre querido y respetado, con un afecto que él correspondía denominándola su “pequeña patria”, y ahí reposarían finalmente sus restos mortales.
En 1904 ingresó en la facultad de Derecho de la universidad de Bonn. Durante su etapa universitaria realizó intercambios en las universidades de Baviera, Berlín y Estrasburgo. A pesar de su opción clara por el Derecho y por la idea del ejercicio libre de la profesión, no dejó de interesarse académicamente por otras ramas del saber, como la Teología o la Economía. En su época universitaria empezó también a frecuentar grupos de intelectuales con los que compartía su visión de una Europa unida, gracias a los cuales empezó a elaborar sus convicciones políticas posteriores. En esta última ciudad aprobó en 1908 el examen de Estado y fue nombrado, después de defender brillantemente su tesis, Doctor en Derecho.
Una vez terminados sus estudios, fue admitido en el Colegio de Abogados de Metz en 1912 -al que perteneció hasta su muerte- y abrió un despacho de abogados en esa misma ciudad. Antes había sufrido una de las experiencias más dolorosas de su vida: la muerte súbita de su madre, por la que sentía un profundo amor filial, alimentado por una constante relación epistolar, que le hizo sufrir enormemente y plantearse el posible abandono de sus proyectos profesionales. Finalmente entendió que debía seguir la trayectoria que se había marcado. Pronto se granjeó la fama de ser un competente abogado, reputación que le sirvió más tarde para dar el salto a la arena política.
Dimensión política. Su actividad extraprofesional durante sus primeros años de ejercicio fue muy intensa, formando parte de diversas asociaciones civiles y católicas. La participación en esos círculos le hizo entender poco a poco su vocación por lo público y por el servicio al bien común. Y así, finalmente, el impulso de la política, que siempre había estado latente, salió a la superficie. Su faceta de hombre público estuvo sin embargo ausente de las maneras propias del político. Schuman fue siempre fiel a su estilo sobrio, sencillo y directo. Se acercó a la política por un profundo deseo de servicio, no de honores personales.
La experiencia de las dos guerras mundiales produjeron en Schuman una honda impresión y reafirmaron su idea de dar la vida por defender el ideal de una Europa unida. Durante la I Guerra Mundial vivió situaciones -desde su puesto en el cuartel de Metz- que finalmente agradeció porque, como más tarde recordaría, le acercaron al común sentir de la gente corriente. La interrupción forzosa y abrupta de su profunda vida intelectual le producía sin embargo un dolor difícil de describir. Más tarde, durante la II Guerra Mundial, se unió a la Resistance francesa y fue nombrado Subsecretario de Estado para los refugiados, pero sufriría de nuevo el acoso de los servicios secretos alemanes. Esa persecución terminaría en arresto domiciliario en el Palatinado durante más de un año hasta su huída en 1942.
En 1919 fue elegido diputado en la Asamblea Nacional por la circunscripción de Mosela. A partir de entonces los cargos públicos se sucedieron: ocupó sucesivamente las carteras de Economía, Asuntos Exteriores y Justicia de 1947 a 1955 y fue Primer Ministro francés durante un breve período de ocho meses. A pesar de ser un conservador moderado, en 1940 se afilió en un partido liberal, el Movimiento Republicano Popular. Schuman no era un “animal político” en el sentido que se suele dar a la expresión. Su único anhelo era el servicio público y la lucha por la paz y las libertades cívicas. Su carácter mesurado, tranquilo y dialogante generaba simpatías entre sus homónimos europeos y facilitó enormemente el avance en las negociaciones hacia una Europa unida. Su modo de actuar no era, sin embargo, incompatible con la defensa irrenunciable de sus ideales e intereses, que se identificaban con los intereses de Francia y de Europa. Las excelentes relaciones que mantuvo con dirigentes alemanes, ingleses e italianos facilitaron enormemente la consecución de importantes objetivos políticos que exigía la delicada situación internacional de la época. Así, Schuman impulsó la creación del Consejo de Europa y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cooperó activamente en la lucha de las democracias occidentales frente a la amenaza comunista, y, finalmente, alentó e hizo posible la constitución de las Comunidades Europeas.
El impulsor político de las Comunidades Europeas. El principal obstáculo que era necesario superar para empezar a construir una Europa unida era, fundamentalmente, la rivalidad entre Francia y Alemania, que se encontraba por aquel entonces en su cota más alta por la mutua exigencia de los derechos sobre la producción de la zona minera del Sarre. En esos tensos momentos, en los que el fantasma de la guerra volvía a planear, Europa pudo contar con dos hombres -Jean Monnet y Robert Schuman- que lograron no sólo acabar con esa rivalidad, sino que también consiguieron establecer con contundencia los pilares de la nueva Europa. El primero gestó la idea y el segundo le dio el aliento político. Schuman no podía ser más adecuado para ejecutar y llevar a buen término las negociaciones para limar las serias diferencias con los alemanes y para constituir las Comunidades Europeas. El entonces ministro de Asuntos Exteriores plasmó las ideas de Monnet en la conocida Declaración Schuman, que pronunció solemnemente el 9 de mayo de 1950 en el Gran Salón del Reloj del Quai d’Orsay en nombre del gobierno de Francia y con la aquiescencia alemana. La conmemoración del centenario del nacimiento de Robert Schuman, en 1986, sirvió para que las autoridades europeas declararan la señalada fecha como Día de Europa.
En la ya famosa declaración se afirmaba que: “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho (…). La puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizará inmediatamente la creación de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, y cambiará el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas”. Para Schuman, Europa debía construirse ladrillo a ladrillo, antes como federación económica que como unión política.
La Declaración Schuman tuvo el impacto político adecuado porque Schuman había sometido previamente su contenido a la aprobación del primer ministro alemán Konrad Adenauer, con el que además compartía una larga y profunda amistad. La semilla de Europa estaba echada y pronto dio fruto. En 1951 se constituyó, mediante el Tratado de París, la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA), a la que seguirían la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM), constituidas por el Tratado de Roma de 1952. Su gestión exitosa tuvo, por contra, también algún pequeño fracaso, como la creación de la Comunidad Europea de Defensa. No obstante, el truncamiento de ese proyecto no incidió en su determinación vital. Un año después, en 1955, sería nombrado presidente del Movimiento Europeo.
Después de su éxito político sin precedentes, del que todos los europeos seremos siempre deudores, Schuman dedicó los últimos años de su vida a defender la “causa de Europa” y a acercarla a los ciudadanos. En este sentido, fue Presidente de la Asamblea legislativa (más tarde Parlamento Europeo) de 1958 a 1960, escribió su célebre libro Pour l’Europe, síntesis de sus ideas políticas, y viajó incansablemente para transmitir de viva voz sus ideales y tener un contacto directo con ciudadanos europeos de todas las latitudes. En 1963 se retiró de la vida política y poco tiempo más tarde moría, tan sencillamente como había vivido, en su amada Lorena, donde reposan sus restos mortales.