Rodrigo Uría González

RODRIGO URÍA GONZÁLEZ
RODRIGO URÍA GONZÁLEZ
(1906-2001)

Hay veces en las que se siente que por mucho que lo intentes nunca vas a estar a la altura de lo que tienes entre manos. Sucede cuando lees una obra maestra, cuando escuchas a Mozart o cuando asistes a una charla del Dr. Valentín Fuster. Ese sentimiento se acrecienta si, como en este caso, la cita con la historia nos reencuentra con D. Rodrigo Uría.

El pasado 26 de noviembre de 2006 conmemoramos el centenario del nacimiento de Rodrigo Uría González. Poco se podrá añadir a lo que grandes maestros han publicado ya sobre esa gran personalidad humana y científica. Desde este foro se pretende simplemente, conscientes de las limitaciones anunciadas, recordar con cariño y admiración a un jurista que, además de su amplio saber y modelo de vida, ha tenido la inmensa generosidad de legarnos un incomparable entorno en el que más de ochocientas personas -difícilmente pudo imaginarlo D. Rodrigo- se desarrollan personal y profesionalmente. Cuando dentro de cien años los compañeros que nos sucedan en Uría Menéndez recuerden la figura del fundador, ciertamente lo harán con mayor perspectiva histórica, si bien siempre tendrán motivos para envidiarnos por no haber tenido la oportunidad de coincidir en el Despacho con Rodrigo Uría.

La etapa de Oviedo. Rodrigo Uría nació el 26 de noviembre de 1906 en Oviedo, concretamente en la parroquia de Villapérez (en asturiano, Villaperi), a las faldas del Naranco, donde sus padres tenían una casa que disfrutaban durante el período estival hasta bien entrado el otoño. Su familia paterna era muy conocida en el Principado; su padre fue alcalde de Oviedo en 1901 y diputado y senador por el partido liberal de José Canalejas.

El humanista en ciernes que era el adolescente Rodrigo no despertó tempranamente su vocación por el Derecho. Durante sus felices veranos correteando entre los muros de la residencia familiar de Celorio (Llanes) él soñaba con ser ingeniero naval -como dos de sus nueves hermanos- porque, según decía, “pensaba que esa profesión me iba a reportar aventuras”. Sin embargo, como tantas veces sucede, en su elección final por el mundo jurídico tuvo su peso la influencia familiar. Contaba D. Rodrigo en diferentes ambientes que: “Al llegar el momento de elegir, mi padre me dijo: ya está bien de ingenieros en la familia; ¿por qué no escoges otra cosa?”. Seguramente la solera de la que disfrutaba la Facultad de Derecho carbayona, ya por entonces tres veces centenaria, facilitó que el joven Rodrigo agradase los deseos paternos.

La andadura universitaria de Rodrigo Uría se inició con el comienzo de sus estudios de Derecho en 1922, en los albores de la dictadura de Primo de Rivera. Durante cinco años cursó la licenciatura de forma brillante, como lo testimonia el Premio Extraordinario del que se hizo acreedor. Como le gustaba decir a D. Joaquín Garrigues, Rodrigo Uría realmente estudió “la carrera de Derecho, no el Derecho a la carrera”. El mismo año de finalizar sus estudios (1927), Uría refrendó su vocación docente mediante su adhesión al entorno universitario como Ayudante. Orientado por su profesor de Derecho Administrativo Arias de Velasco, pronto comenzó a preparar su tesis sobre “La Delegación legislativa”, que fue leída en 1930 en la Universidad Central de Madrid -por aquel entonces los doctorados sólo se podían cursar en la hoy Universidad Complutense- obteniendo la más alta distinción.

Después de doctorarse en Derecho Político, enseguida fue nombrado Profesor Auxiliar. En ese momento había deshojado ya la margarita Rodrigo Uría en detrimento del derecho público y en favor del Derecho Mercantil. Aparte de sus preferencias personales, la decisión obedeció en gran medida al superior consejo de dos de sus grandes maestros: el romanista y civilista Manuel Traviesas y el catedrático de Historia del Derecho Ramón Prieto Atance. Ese giro del derecho público al derecho privado, no infrecuente entre otros grandes de la docencia española, provocó que desde 1932 Rodrigo Uría se encargase, como Profesor Auxiliar, de la Cátedra de Derecho Mercantil.

Entre 1931 y 1935 Rodrigo Uría compaginó su trabajo en la Universidad de Oviedo con la ampliación de su formación extramuros: becado por la Junta de Ampliación de Estudios y por la propia Facultad de Derecho, entró en contacto con importantes juristas europeos de la época en Alemania (Colonia, Munich) e Italia (Pisa). Especialmente fecunda fue su relación con los maestros mercantilistas Müller-Erzbach, Cosack, Kirch y, en particular, con Lorenzo Mossa, con quien Rodrigo siempre conservó una sincera amistad y una recíproca admiración.

El encuentro con D. Joaquín Garrigues. La preparación de D. Rodrigo de las oposiciones a la cátedra de Derecho Mercantil se interrumpió cuando España se vio sacudida por la violenta convulsión de la contienda civil. Asturias fue una de las regiones que con mayor intensidad vivió y sufrió el drama de aquellos mil días de guerra y fuego. El edificio en el que vivía D. Rodrigo resultó totalmente destruido y, lo que fue más doloroso todavía, se perdieron sus libros y sus trabajos.    

Los días que siguieron a la decisión del coronel Aranda de apoyar a los nacionales y al consiguiente cerco de la ciudad involucraron a D. Rodrigo en la defensa del núcleo urbano. En una de las “posiciones” que ocupó conoció a su desde entonces amigo Sabino Fernández Campo. Una vez que concluyó el asedio a la capital asturiana, se organizó una comisión para reorganizar la vida de una ciudad completamente arrasada; en esas tareas participó como gestor Rodrigo Uría.

Esos años, a pesar del horror del conflicto fratricida, fueron testigos de un hecho relevante en la historia de la moderna Escuela de Derecho Mercantil: la consolidación de la amistad entre Joaquín Garrigues y Rodrigo Uría. En mayo de 1937 Rodrigo Uría recibió una carta del maestro Garrigues en la que le invitaba a trabajar con él en Salamanca. Rodrigo Uría, que hasta entonces apenas había tenido ocasión de coincidir dos veces con D. Joaquín, aceptó el ofrecimiento y se trasladó a la capital charra. La embrionaria amistad entre ambos se desarrolló con celeridad ante las especiales circunstancias en las que se gestó. La creencia de Garrigues de que debía llegarse a una solución pactada del conflicto bélico le acarreó la prisión incomunicada y dos consejos de guerra. Rodrigo Uría no escatimó esfuerzos y contactos personales en favor de la causa. Esos desvelos, unidos a la demostración del injustificado avasallamiento cometido, desembocaron en un satisfactorio final de los episodios. La bicefalia de la moderna Escuela de Derecho Mercantil nacía con unos cimientos sólidos.

La etapa madrileña. Finalizada la contienda armada, D. Rodrigo se trasladó definitivamente a Madrid y se incorporó como Profesor Auxiliar a la Cátedra del profesor Garrigues y, por invitación de éste, a su despacho profesional. Enseguida publicó (1940) su monografía sobre el seguro marítimo, por la que cobró 5.000 pesetas. “Ese dinero -decía él- me sirvió para casarme”.

En 1943, tras espléndidos ejercicios, Rodrigo Uría ganó la Cátedra de Derecho Mercantil de la Universidad de Salamanca. Durante casi diez años compaginó D. Rodrigo su docencia en la Facultad salmantina con el ejercicio de la profesión en Madrid. Especialmente familiares para él terminaron siendo los viajes semanales en autobús entre ambas ciudades.

Después de siete años de abogacía junto a su maestro Garrigues, D. Rodrigo decidió instalarse separadamente, coincidiendo con la fusión del despacho de D. Joaquín con el de su hermano D. Antonio (1946). Ese mismo año Garrigues y Uría fundaron la Revista de Derecho Mercantil, que contó con la dirección de D. Rodrigo desde el primer momento hasta su fallecimiento.

En 1953 Rodrigo Uría opositó con éxito a la Cátedra de Derecho Mercantil de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid. Ése sería su definitivo destino académico hasta su jubilación en 1976. El año 1953 fue importante para D. Rodrigo también porque en esa fecha fueron contratados sus servicios para participar en el asunto de la Barcelona Traction. Se introdujo en la disputa Rodrigo Uría mediante la emisión de un dictamen que sostenía la validez de la quiebra declarada por el juzgado de Reus. Inmediatamente después, se aportaba a los autos un informe en sentido contrario preparado por Joaquín Garrigues. Fue, como es sabido, una de las más célebres disputas judiciales. D. Rodrigo informó oralmente en dos ocasiones ante el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya (1968) antes de que, el año siguiente, se dictase sentencia. La resolución, adoptada prácticamente por unanimidad, estimó íntegramente la tesis defendida por Rodrigo Uría.

Las décadas de los años 60 y 70 asistieron a la consagración de D. Rodrigo como gran maestro del Derecho. Su sólida formación, su extraordinario talento y su exquisita sensibilidad jurídica convirtieron a Rodrigo Uría, tanto desde los estrados como desde las aulas, en uno de los grandes juristas españoles del siglo xx. Sus enseñanzas se divulgaron en innumerables monografías y artículos entre estudiantes y estudiosos del Derecho Mercantil. De esos trabajos resulta obligado destacar, por su calidad científica y pedagógica, “El seguro marítimo”, “La información del accionista en el Derecho español”, el excepcional “Comentario a la Ley de Sociedades Anónimas” y, finalmente, su manual de “Derecho Mercantil”, un referente en las Universidades y entre los profesionales del Derecho desde su publicación en 1958.

Por su parte, el despacho profesional, que había sido fundado en 1946, experimentó un crecimiento importante a partir de 1972, especialmente gracias a la incorporación estable de D. Aurelio Menéndez y, tras su estancia en Estados Unidos, a la vanguardista labor de dirección de su hijo Rodrigo. Pudo ver D. Rodrigo, antes de su último adiós, cómo aquel despacho que tuvo su primera sede en el domicilio familiar se fue consolidando como una firma señera en el arco de la abogacía española y europea.

Además de la labor docente y letrada, Rodrigo Uría desplegó su actuación en múltiples campos. Las más renombradas Universidades europeas y americanas reclamaron su presencia en no pocas jornadas, fue miembro de varias asociaciones científicas nacionales e internacionales, Vocal Permanente de la Comisión General de Codificación, Consejero del Banco de España, Académico Numerario de Jurisprudencia y Legislación y Vicepresidente y Presidente de Honor de la Sección Española de la Asociación Internacional de Derecho de Seguros.

Como bien saben los que estuvieron más cerca de él, D. Rodrigo no era nada amigo de homenajes y reconocimientos. Muy a su pesar, no obstante, la amplia y brillante trayectoria del maestro asturiano fue socialmente reconocida por medio de relevantes condecoraciones, entre las que destacaron la Gran Cruz de Alfonso x el Sabio, la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort y la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Las Universidades de Oviedo y Alcalá le distinguieron también con el Doctorado honoris causa. El 11 de mayo de 1990, como culminación a su dilatada labor docente y a su fecunda trayectoria investigadora, el Teatro Campoamor se ponía en pie para ovacionar la entrega del Premio “Príncipe de Asturias” de las Ciencias Sociales a uno de los suyos.

Bonus vir. La relevancia de la personalidad de Rodrigo Uría trasciende sus logros y enseñanzas en el ámbito del Derecho Mercantil. Desde su condición de universitario ejemplar y desde su atalaya de “hombre de cultura”, D. Rodrigo buscó y practicó siempre, tanto desde una vertiente ética como estética, el ideal de un jurista bueno y equitativo, verdaderamente digno de ese nombre. Esa condición de auténtico bonus vir que adornó a Rodrigo Uría fue sinceramente apreciada por la hornada generacional, a caballo entre la del 27 y la del 50, de la que D. Rodrigo fue uno de los hermanos mayores. Al lector sin duda le vendrá a la mente aquella fotografía tomada hace aproximadamente cuarenta y cinco años en la que aparece un grupo de amigos formado por Tovar, Torrente Ballester, Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo, Rosales, Vivanco y, en el centro de ellos, aportando serenidad y equilibrio a la estampa, Rodrigo Uría.

Hace ya algo más de cinco años, el 16 de septiembre de 2001, fallecía D. Rodrigo en su casa de la calle Núñez de Balboa de Madrid arropado por su inseparable mujer, Dña. Blanca Meruéndano, su hijo Rodrigo, su familia y sus muchos y buenos amigos. Los días siguientes se sucedieron publicaciones in memoriam del admirado maestro. Seguramente estuviese en lo cierto Rodrigo Uría cuando vaticinó en sus últimas horas que el día de mañana se le recordaría como un libro, en alusión inequívoca a su manual de Derecho Mercantil. Sin embargo, hasta que el devenir de los años disipe el calor y la cercanía de D. Rodrigo, sus muchos méritos académicos y profesionales seguirán rivalizando con sus incluso superiores virtudes de espíritu.